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                  <text>NUEVO MUNDO

20 Febrero

LAS
TíSDE mucho antes do clarear el día se ponían las mujeres en. camino. La distancia que tenían que recorrer era
relativamente grande. Salían de este ó del otro caserío y
en las veredas se encontraban, foi-mando rancho entonces, para seguir jm^tas hasta el mismo borde del risco de Famara, donde trabajaban de sol á
sol. Eran Horchi1 leras». H u b o
tiempo en que
ese oficio, allá
en la isla de
Lanzarote, era
lucrativo, a\mque sumamente
])e!Ígroso. Sólo
el hábito podía
d e s c o n t a r el
riesgo.
Famara es un
sitio extraño. La
tierra alta, tierra de montaña,
se extiende en
una gran planicie. De pronto
ésta se corta,
como en un tajo
formidable, y el
c a u t i l agudo,
casi recto, desciende desde la
inmenf?a altura
hasta el mismo
fondo del mar.
Desde arriba, la
vista es esplendida. Ante los
ojos se abre la
inmensa llanura
del mar, perdiéndose en las
lejanías del horizonte. Abajo,
ia enormebabía,
como un golfo,
se corre por la
izquierda hacia
las cosías bajas
ilel litoral lanzaroteño, mientras que hacia
la derecha cortan la visión
marina las islillas d e s i e r t a s
como monstruos
de piedra surgidos del seno de
las ondas.

D

El cautil de
Famara es pavoroso. Negruzco, color de la
roca viva, á trechos le dan mi
tono semivei'doso las manchas
do las orrhillas
quecrecen enti-e
las prietas. Y
por ese cantil,
por veredas de
cabras, p o c o
menos que impracticable-s, descal/.as, agarrándose con las uñas casi á los salientes de la roca, tenían que bajar las mujeres para arrancar
la orchiiln, que iban guardando en los delantales, doblemente
Kujctos á la cintura para que pudieran servir como especie de
bolsas. Para evitar el peíigi'o de tm desr¡seamiento y de la
muerte inevitable, todas iban á la faena provistas de una larfra
cuerda resistente. Se la ataban á la cintura, ó bien bajo los
brazos. Luego, el otro extremo de la riierda lo amarraban á un
sólido arbusto de los que crecen á orillas del precipicio ó á una
jticdra de las más pesadas, que, después de un trabajo.so arras-

1920

PACES
tre, se habían ido alineando allí como una serie de colosales
proyectiles pai-a unas imaginarias baterías.
Así, con riesgo siempre, afanábanse en coger orchilla las
mujeres todo el día. Las que criaban, y eran las más, pues para
el rudo oficio se necesitaba agilidad juvenil, dejaban arriba, á
poca distancia
del cantil, los
n i ñ o s medio
abandonados, á
la custodia de
los perros, en
cvmas improvisadas en lioyos
abiertos en la
tierra, en cuyo
fondo colocaban
una azalea, y
que sombreaban
con unas cuantas ramas de arbusto colocadas
en montón, sobre el cxial ponían los pañolones extendidos.
Por lo general,
los niños dormían como benditos, y cuando
el hambre les
¡lunzaba ó la
frialdad do las
propias miseríaü
les mordía en
las carnes, despañitábanse llorando, con un
llanto desesperado y estéril
que abogaba el
r o n c o clamor
del mar ó s e
llevaba t i e r r a
adentro
el
viento.

Ni aun la conciencia del peligro comi'm establecía una co*
mún estimación
entre las orcliilleras. Trabajaban en grupos
separados, que
se caracterizaban por familias
ó por caseríos.
Eran muy raras
los casos de promiscuidad. L a
línea divisoria
entre unos y
otros parecía infranqueable. Un
cantar irónico
en un grupo provocaban las voces más destempladas, y las injurias más agresivas en el otro.
Pocas veces, sin
embargo, llegaban á las manos. Se desahogaban en un estruendoso, si bien inofensivo, tiroteo de palabras.
Dos llegaron una vez á golpearse. Se tiraron de loa cabellos
con brutalidad, se arañaron las caras hasta hacerse sangre, y se
desgarraron los vestidos en las iracundas acometidas de la
pelea, entre los gritos con que las compañeras, más divertidas
que compasivas, las azuzaban.
Tenía razón Carmen. Ella tenía una paciencia á prueba, y
hasta la vergüenza de su deshonra la ha( ía en extremo silenciosa y cauta. Era cierta su de^^di'Oia. L'n instante de pasión ó una

�3Ó Febrero

i93Ú

NUEVO MUNDO

debüidaíl pasajera determinaron su caída. Y aquel cliico llorón, ceando el cueipo sobre el abismo. Sin duda, el peñascal en que
p i e e l l a c n a b a con tanto cariño, era el público pregón de ^u haljía fijado el pie haliía cedido y el pedrusco rodaba á saltos,
Spn ."nn"".?""" ""l'^"'' " " ' " ' " ^ ^'"^ 1° consideraba l i mayor rebotando, en el cantil.
SrS^^^T'"''
f% ""^'^'•'^- -"^ ^"^ POtlí^n decirla cuanto qui—¡Socorro!
'enti?/a . T n
^^^^^'^^'^- ^ero. respecto al bijo. ¡jamás conLa imploración de Rosalía, desesperada y trágica, con esfcentiria ei menor apravio'
j »u
fuei-zo al parecer sobrehumano, vencía al hondo clamor del mar
p e n d e l S e r a ^ F r t ' T ' •'"' ^^ ^^"^^^"o. era parlanchína y Imsla estrellándose abajo.
Las mujei'es de todos los grupos treparon rápidas. Había
la savia refnTnn^ ,•!;'"!"''' •1'''^^^^°^^ ^'^ su hermosura y de que sujetar arriba la cuerda y tirar do ella para efectuar el salvamento de lacom]:?añei'a. Olvidáronse en ese instante todos los
agravios recibido.s. De las primeras en subir fué Carmen, animosa y resuelta.
lucía entre 1,. 7.
- consagrado con todos los sacrameutos,
Puestas en fila, comenzaron á tirar de la cuerda. El peliti-e L ú tado ¡.o
^''^"^'"'' ' ° " ostentación vanidosa, su viengro estaba en c|ue, por el roce con el borde cortante del cantil,
rw
^ ' ""'^ """^^'^ maternidad.
«in s a b e i í e ' í r í r " ' ' " ';°""P'"~^«&gt;-'^s quedóse sin reñir. Aquel día. la cuerda se rompiese. Entonces no bal.-ía salvación posible y la
i Z i c a s ,ías?, "i r - - ^''."P^^'^'lió con Carmen. ])e las bromas tragedia era inevitable. ¡Se habían visto tantas!
uonicas paso a las mjunas gruesas. Sin duda, lenía ganas de
Una de las mujeres dio su pañolón para colocarlo entre la
cuerda y la roca. Quedaría despedazado, pero no importaba.
— ^ S n " ? í,^''"r''^' "^¡entras hallábanse en la faena, gritó:
Dios daría para otro.
Colocada una en el borde, dirigía la maniobra.
no tiene
na
1,.
r
'""
"&gt;°'°'°^'''"^
^^
^^
Carmen,
que,
como
tiene padre, berrea siempre
—¡Tiren!
c ó l e m S / " ^ ' ' ' " " " ^^'"'^^' '•°'' &lt;^^Pi'esión en la mirada de
Y las mujeres tiraban, poniendo en el esfuerzo la mayor
suavidad.
—¡Calla!... Con mi hijo, no.
—¡Quietas!
—¡Vaya!... Que me asustas...
Las mujeres paraban en seco. Era qxie, al izarla, la cabeza
—Lalla o te ahogo...
de Rosalía daba con un peñascal saliente, l ' n a hericUi y la manera m í a r ' ^ i T * ' ' ' ' f &lt;^.ompañeras. Vna riña allí, en el cantil. clia roja de la sangre teñía el negro cabello. Las ropas se despePero . Z . ' ^\^-?'''^''«&lt;l««- ^1 fondo del abismo.
ilazaban entre las zarzas silvestres, y por entre los desgarrones
mostrábase la carne morena,
Y l a r l L ' C S n e v l Í a l T r ''"'"^ '"''''''''' ^ ' - ^ " - ' - - ^ ^ '--• ^''-^l-tAl fin realizóse el salvamento. La muchacha sangraba, pá—¡Pellejo!
lida, desvanecida, como muerta. Dicronla agua para reanimarla.
—¡Machona!
' •- :
Y se reanimó, jnidicndo á poco incorporarse.
zar o n S r elln^ ,"•*''""" P^l'^l^''^^ cambiadas. Y juraron no cruEl niño de ella lloraba con llanto de hambre.
ontie ellas ninguna más, afectuosa, en la vida.
—¡Pobre mío!... Tráiganlo...
Inútilmente ciuiso amamantarlo. El susto había segado en
su seno la fuente do viila.
"
—No, no teuji'o...
Rosalía rompió en sollozos.
Silenciosa,
resuelta, avanzó Carmen.
tal . a vale V m ? ' " ^ ' ^M'"'^*' í^^^'"^ despojarla de su costra vege—Yo puedo.,,
eada d L V \ f g " r r
" ' ''^' '^ " " ^ ^ ' " P^^'^'^' ^^ P^^ ^^^
Sentóse sobre la dura tiei'ra, abrió su seno, y en BUS brazo?,
con blandura de cima, acomodó al bijo de su enemiga. Y lo
r-ntSarínoTm!f;'f' ^''"' ^ ^"'^ ^''^''^ ^*^^ ^'""P^^- Acababa de amamantó.
'•oninfa con o ^
^ ^"^ ^,V ^ " ' P " ' ^ "' ¡"«tante una nueva voz
Pai-a díii'mirlo, su voz comenzó á entonar la canción amorcsa
" » jucoo o i
''"^^'•- ^'^ ^^•^^foUas. ya eran isas, como en
bíinse corrmc! '*^^'' ^' '-^ cantares. De grupo á, grupo entablá- con que se arriilla á los niños:
Snñ^ ° ^'^'^Pi-e, diálogos á gritos.
Arrorró, niño chiqíiilo,
que tu madre no está aquí...
~—jl^íireu!
ñngel Guerra
' ^^"^^^^ Rosalía, con la cuerda bajo los brazos, balanDibujo de Echua

M E L A N C O L Í A
Áhoraqiie nada U'juurdo
— i soy un niño (an viejo! •— • '- •'•' •
es cuando más se embriaga
mi corazón de rrrealizables sueños,
cnque florecen todas laspasiones
y me alormenlan todos los deseos. -' •
Es la vida que r/rila . ;
_ . -'
coíi sií clarín
rjuerrero
pregonando la lucha.
Es su aliento dejueqo,
que me envuelve en la llamade un insaciable anlielo.
Son los sentidos que se desperezan
como leones de rugir soberbio.
Es un impulso loen de la vida,
es un instinto ciego
de embriagarse con todos ¡os jterfumeS.
de caminar por todos los senderos...
/ Oh, milagro de amor, s¿ yo pudiese
vivir la vida entera en un niomento!
' El campo, con sus tardes de oro pálido
y su augusto silencio,
me pone melnncólico
y hace más dolorosos mis recuerdos.
Las flores del granado
parecen rojos labios entreabiertos,
y los nianzanos verdes,
con sus cálices tiernos,

evocan la fragancia
de los rosados cuerpos
de las niñas... ¡ Oh carnes
que 2^ctrecen de jiétalvs!
Es un dolor sin nombre
este dolor que siento
al mirar cómo todo se estremece
en U7i mismo deseo.
En un mismo deseo de la vida.
Tengo mis ojos sin cesar abiertos,
ante el verde nupcial de las praderas,
bajo el azul radiante de los cich.s. .
¡Qué amargo es este vino
de los presentimientos!
Saber que hay rojas bocas
cuyos labios sedientos
se marchitan soñando
con nuestros largos besos...
i y saber que esos labios
ya nunca- besaremos!
Presentir que hay amores
de otros encantos nuevos,
y adivinar mujeres
morenas, de ojos negrcs:
como la noche, trágicos;
como la noche, inmensos;
y blancas, de ojos glaucos
y de rubios cabellos.

castas y pe7\safivas,
con almas de lucero...
i Ojosfascinadcres,
díilces OJOS serenes
de pupilas turquesa!
/Claros ojos ristiíñcs.'
i Ojos como hi pena.
ojos brujos y negros!
¿Porqué tanto evoca:as,
si nunca os hallaremcs?
Adivinar paisajes
de verdores eterno.^
y otros mundos más amplíes
y el azul de otros cielos...
¡Qué importa para el alma,
si jamás ha de verlos!
¡ Y vislumbrar la vida,
y el florecer esph'ndido
de todos sus rosales!
¡ Y em:cjecer sintiendo
que nos morimos solos,
solos con nuestros sueños!
Qué tristeza más honda...
¡Ser un niño tan viejo!
n a n u ; ] F. Lasso de la Vega

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              <text>Extracto de la revista Nuevo Mundo del 20/02/1920. Habla sobre las Orchilleras y está escrito por José Betancort Cabrera (Angel Guerra) nacido en Teguise en el año 1874. Extraído de la Biblioteca Nacional.</text>
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